Y
anduve.
Primero
hasta Madrid, donde siempre me espera mi prima Oriana, donde me siento menos
extranjero, y donde me resfrié.
Ori
y yo entendemos la vida de una forma similar. Durante todo un día no hicimos
más que hablar de ello. Madrid se volvió invisible. No sabría decir qué calles
recorrí o que líneas de metro tomé. No hubo ciudad. Solo fueron sus palabras y
las mías, como amantes veroneses, entregadas ciegamente a sus ideales,
liberadas en las esquinas, en un café, en un Tiger mientras compraba candados
para las maletas, o en un aeropuerto, donde finalmente murieron en paz.
Pletóricas, felices de no saberse solas, en este mundo del revés.
Ando.
Subo a un avión y vuelo.
Durante
el vuelo veo Viaje a Darjeeling y
pienso en Martín porque adora a Wes Anderson. En la historia, tres hermanos
iracundos viajan por la India en busca de su madre, sin saberlo están
replanteándose constantemente su existencia y en esa misma búsqueda, de una
forma casi romántica, se deshacen precisamente de aquello que buscan. Cortan el
cordón umbilical, y, aunque no recuperan la cordura, al menos sí, el sentido de
sus vidas. Lo que me recuerda también las palabras de despedida de mi amigo
unos días antes de dejar Málaga, porque creo que el mensaje que oculta esta
película, es para él.