20 de abril de 2016

Muerte en Oporto

6:15
Se termina de descargar La Jetée. Película que siempre me acecha. Apago el ordenador. Se lo merece.
Despierto. Día. Ducha. Dentífrico. Desayuno. Descongelador.
Dan las siete y cuarto, me tiro a la calle. Olvido la cámara, regreso, la cojo. Salgo otra vez. Olvido el almuerzo, regreso, lo cojo. Salgo de nuevo. Esta vez corriendo.
 

7:26
Pierdo el metro (faltan 25 min. para el próximo).
Voy a sacar fotocopias. Las saco. Pienso que me da tiempo de tomar un café. Lo tomo. Un café y un pastel de nata. Un café, un pastel de nata y un vaso de agua. Pago. Me voy.
Olvido las fotocopias en la cafetería. Regreso. Las cojo. Me voy una vez más.
Olvido el paraguas. Regreso, lo cojo y de nuevo salgo.
Y de nuevo corro, porque puede que vuelva a perder el metro.
 
7:45
Pierdo el metro.
 
8:04
Me subo, finalmente, culpable y tránsfugo, al tren.
Me siento. Me quito la bufanda. Apoyo el paraguas en la ventana. Lo vuelvo a coger, no quiero perderlo. Saco un libro y leo.
 
8:20
Y leo.
 
8:40
Y leo.
 
8:50
El tren se detiene en mi estación. Bajo, estoy apurado (voy tarde, pienso).

Olvido mi bufanda. Regreso, pero el tren se marcha antes de que pueda volver a subir. La perdí. Mi bufanda morada de lana de alpaca que me traje de Perú, la perdí. Para siempre. El paraguas, lo tengo. La cámara, la tengo. Mi almuerzo,
sí, también lo tengo. Pero mi bufanda morada de lana de alpaca que traje de Perú, la perdí para siempre. Ahí va, sin su dueño, como un pasajero más, le toca seguir viajando, pero sola, sin retorno.
Venir de Lima para esto, pobre.
 
9:10
¿Entro o no entro? Ya para qué si solo quedan treinta minutos de la que era mi única clase del día.
Caliento el almuerzo porque tengo hambre. Siendo tortilla, pega a cualquier hora, y su hora es esta.
Como.
Me la como.
 
10:00
Me vuelvo a casa.
Antes, me dejo el tenedor olvidado sobre la mesa. Aunque en realidad no lo olvidé, lo que olvidé es que era mío y no de la cafetería.
También dejé mi mochila, la había colgado en el espaldar de la silla donde me senté.
Otra vez subo al metro. Y leo. Todo el camino, leo. Cómo comentar un texto fílmico.
 
10: 50
Me bajo. Camino. Sigo leyendo.
Se puede, si la lectura es emocionante, caminar mientras se lee. Pero olvido también el paraguas y la cámara en el vagón.
Culpo al libro.
Y el abrigo, si no calculo mal, lo debí perder a mitad de camino, porque ahora no lo llevo puesto.
Culpo al libro.
 
11:05
Entro en el Pingo Doce y compró tarta de chocolate. Mientras hago la fila para pagar, pierdo mis zapatos.
Debió ser allí, sí. Solo fui al Pingo Doce después del metro. Y en la estación aún los llevaba puestos. Sí, fue allí.
Perdí también mis gafas, aunque creo que se me cayeron antes de entrar, en el camino, en la calle empedrada entre la estación y el súper, en la acera del frente. No estoy seguro. Del lado del mercado.
 
11:15
Subo ahora esa misma calle empedrada, derecho y hacia arriba para salir justo a mi casa. Subo. La cuesta es un coñazo, pero ya estoy acostumbrado. Subiendo pierdo también mis calcetines, mis pantalones y mi calzoncillo. Se me debieron caer en la última esquina antes de doblar a casa.
 
11:25
Llego a casa y no tengo llaves. Las dejé dentro, en mi habitación. Salí sin ellas esta mañana. ¿O estaban en la mochila? Lo que sea. Estoy desnudo en la calle. Dejé olvidada también mi camisa.
Toco la puerta y nadie responde. Ni un alma. Silencio apabullante. Oscuridad total. Vacío.
Eco.
Entro por la ventana.
 
11:40
Camino desnudo por el pasillo de la casa. Voy dejando un pequeño rastro de sangre porque al subir por la ventana me corté con el borde de un cristal.
Entro en mi habitación, enciendo el ordenador, me acuesto completamente desnudo, ahora sangrando más, mojando la cama y el suelo.
Pongo La Jetée. Subo el volumen al máximo. No veo la pantalla, me la sé de memoria. Solo escucho la música, los efectos sonoros, el avión, la voz en francés.
La música.
Me desangro. Me deshago. No tengo brazos ni piernas, tampoco rostro.
La película está en bucle, se reiniciará cada vez que termine. Ya no tengo ojos, ni órganos, pero sigo oyendo el avión.
 
13:00
Ya no tengo oídos. Desaparecí. Ahora soy una conciencia que vaga por esta habitación, primero, por el avión de La Jetée, después.
Por toda la casa. Por las calles. Por la ciudad. Por el río. Por otras ciudades, otros países.
Estoy en Lima, en PuertoLa Cruz, En Caracas, En Medellín, en Lima otra vez, en Madrid y en Paris. En Bogotá y en Tánger, en Lisboa, en Málaga, claro que sí, en Málaga. En Porto, en Granada y Sevilla. En Cumaná y Mérida. En San Diego y Arapo.
Y eso que soy ahora, una conciencia que flota a la deriva de su pasado, se va también desvaneciendo, gota a gota, suave, lento; en el propio idilio de lo que no fue, de lo no vivido, que es, la propia nada que ahora representa.
Y dejo de existir para siempre, en cualquier hora del día.

 

2 comentarios:

Maremagnum20 dijo...

Preciosa reflexión de sentimiento.

Gabriel Vargas Zapata dijo...

Gracias, guapa :)