18 de octubre de 2011

Cuando quiero decir algo no lo digo, y cuando lo digo, lo digo sin querer

A mucha gente le he oído decir que hay días en los que hubiera sido mejor no levantarse de la cama, y vaya si es verdad. ¡Hay días fatales!

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, hay días que de por si son geniales. Como el de hoy por nombrar alguno, que ha valido un montón la pena haberlo vivido.

No solo varias cosas me han salido muy bien, también he recibido una dosis de presión de las que a mi me gustan y con las que suelo trabajar muy a gusto. Hoy en especial por parte de nuestro profesor de Sociología de la comunicación (nunca había escuchado a alguien con tan mala oratoria, y miren que el tema de hoy me resultaba bastante interesante, en fin), que ha llegado tajante y nos ha obligado a formar grupos. Y (como diría Rayo McQeen: “¡chacham!”), eso me ha llevado a conocer a dos chicos que, con los que ha pesar de haber hablado muy poco, he conectado muy bien y me han parecido muy majos.

Luego en algún punto de la clase he querido intervenir para concretamente decir que: la violencia no irrumpe la funcionalidad de una sociedad, al contrario la mejora, la fortalece y la vuelve más segura, por lo poco que he leído sobre sociología y civilización vamos. Pero me he cortado y no he dicho nada y luego me he arrepentido (que no vuelva a ocurrir Gabriel José).

Resumiendo: vivimos en una sociedad perfecta, todos y absolutamente todos somos responsables de esa perfección, todos contribuimos a que continuamente avance en dirección positiva nuestra evolución cultural humana. Este post, Sergio y Thais, son una muestra de ello. Por ejemplo. Tan sencillo como eso.

PD: El título de este post es un pequeño homenaje a esa gran novela de Miguel Otero Silva Cuando quiero llorar no lloro.

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