5 de noviembre de 2015

Barranco

Hoy en el desayuno me comí un mango y el olor del mango se me quedó en las manos todo el día.
Grande, amarillo, por dentro, por fuera, dulce. Era miel pura. Suave. Redondo. Simétrico. El mango es de Barranco, como la novela que estoy leyendo. La estoy leyendo desde que llegué a Lima, porque está escrita en las paredes de todo el distrito, este, en el que estoy yo viviendo. Después en papel, sigo y el olor del mango también se queda en el libro. La casa de cartón de Martín Adán, un canto a Barranco, al tiempo, a Lima, a Perú.
Estoy enamorado.



Por las noches hay música en las calles aquí en Barranco; hay malabares, break dance, circo, chelas, piscos, postres y empanadas. Hay librerías que abren hasta muy tarde, hay museos, galerías, teatros, escuelas de teatro, escuelas de cine y talleres de arte. Cafeterías que son santuarios, que desprende intensos aromas, que desmayan, que adormecen. Hay gente enamorada aquí en Barranco; gente que pasea por las calles, por los puentes, por debajo de los puentes, por el malecón; y están enamoradas.

Hay murales de colores, citas de libros pintadas en plazas y parques, tiendas lujosas al lado de tiendas sencillas de piononos a un sol. Hay calles exclusivamente de discotecas, bares y pubs. La música sale de ellas y se mezclan al aire libre, se confunden, como si un DJ mágico estuviera pinchando en su mesa que es una acera de delirios, de gente borracha, de cócteles y pasiones nocturnas. Y estás músicas son una sola, cumbia y merengue, salsa y bachata, y la gente baila y brinda y se vuelve loca de jueves a sábado.

Hay una feria de artesanía, de cosas hechas a manos, de arte y bebidas tradicionales donde he tomado macca y emoliente. Hay un mercado donde la fruta casi se regala, allí compro siempre lo mismo: quesos frescos, plátanos, duraznos, pasas, aguacates, limas y mangos. Ese mango que desayuné, que se quedó en mis manos y que fue a parar a un libro que fue escrito hace noventa años, aquí en Barranco.

Hay gente que cambia dólares y euros en las esquinas, gente que vende tamales de chancho y pollo en las esquinas, gente que habla sola, gente que grita, que se sube al bus, que se baja, que canta en las esquinas. Gente que va en bicicleta, en patines, en motocicletas hípster, gente que camina, que corre y que se detiene en las esquinas. Hay una señora que vende cocos, y palomas que la siguen, que brincan de un lugar a otro, que comen lo que les dan, y que cuando se aburren, vuelan.


Hay gente que hace surf, que se baña en la playa que es fría, violenta y amplia. Hay escuelas de surf, rompeaolas, muelles, un camino para ver el mar, los pelícanos, las gaviotas y el resto de Lima, la Costa Verde, Miraflores a lo lejos, Chorrillos a la izquierda. Hay hostales que alojan a gentes de todo el mundo, gente que habla inglés, francés, alemán, español… Vienen y van, se trepan por las rejas de las casas, bajan y se van.



Pero ese Barranco ─me hace gracia─, no se parece al de Adán. Es otro pero es el mismo. Sus páginas, evocativas, nostálgicas, vivas, ahuesadas, ásperas; dibujan al Barranco de los años veinte. Se pasan rápido, se leen ligeramente, se me pierden en las manos, las devoro rápido, son dulces y antes de que las termine de leer, siguen oliendo a mango. Yo soy un personaje de su novela, yo me sumerjo en sus páginas, yo me enamoro de ellas, aquí en Barranco.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No dejes nunca de escribir, ni de sentir así. Y por favor, no dejes de seguir compartiéndolo.

Anónimo dijo...

...algún día volverás a esas nubes...ya has dejado tus huellas en ellas..gracias por enseñármelas a mi..

Gabriel Vargas Zapata dijo...

¡Muchas gracias anónimo! :)