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14 de enero de 2017

El plátano


El plátano bien podría ser el mejor amigo del venezolano. Es el acompañante incondicional de todos nuestros sabores y un descanso entre el perejil y el ají que pueblan nuestra gastronomía. El plátano frito, he de acotar, en aceite muy caliente, conduce los grandes guisos y los nobles contornos hasta el destino feliz de nuestra boca, donde establecemos una conversación abierta y directa con su sabor y donde finalmente nos rendimos ante su fantasía. 

4 de diciembre de 2016

De ningún lugar


Hace poco reflexionaba metafóricamente sobre mi identidad y mi pasaporte, pero la vida es hermosa y traidora. Las mañanas bien pueden estar sembradas de paradojas, mientras que las noches son de dudas.
¿Pertenezco realmente a algún lugar? Quien se va, no se divorcia de sus raíces, pero sí transforma su presente, que es, como he dicho otras veces, la continua construcción del pasado, en un nuevo lugar al que se pertenece.


Soy de una calle que me dio todos los ponsigues que quise comer, el ancho de su asfalto para jugar y su sol para crecer. Me dio la sombra de los siempreverdes para descansar. Me dio mamones y mangos; mi primer teatro donde fui actor y director…
Pero, ¿pertenezco aún a ese sitio? ¿Estoy yo allí? ¿Hay algo allá que todavía sea mío? Si la respuesta a estas preguntas es un No, entonces, ¿de dónde es que soy realmente?
La vida, es verdad, está en el presente, por tanto, está asociada también a un espacio y a un tiempo, o sea, soy de aquí de Oporto porque es la ciudad desde donde escribo. Tal vez este mojado, muerto de frío y con los pies helados… como para olvidarme si quiera de donde soy, de donde fui y donde me hallo.

17 de noviembre de 2016

Pasaporte


En este momento viajo en tren, en un vagón vacío y frío, pero confortable. Los cristales de las ventanas reflejan mi imagen y no me permiten ver el camino. Puede que no tenga ninguna certeza de hacia dónde voy, literal y metafóricamente. Tal vez he errado todas las rutas hasta ahora. Lo que busco no lo hallaré en ningún país, en ninguna de las ciudades que ya he recorrido o en las que me quedan por conocer. Pero en este viaje en particular, tengo la certeza de encontrarme con una parte de mí, que por mucho tiempo no había logrado identificar. Sé que he repetido esto muchas veces, pero en esta ocasión, textualmente es así.


Viajo en tren de Oporto a Vigo. Llueve todo el tiempo. Las paradas son eternas y el recorrido se hace mucho más largo de lo previsto. Solo llevo una mochila con pocas cosas. Voy en búsqueda de mi identidad venezolana, voy a encontrarme conmigo mismo en un papel, un sello y una foto. La misión de este viaje es renovar mi pasaporte (vencido hace ya varios meses) y certificar mi ciudadanía. Un mero trámite, una diligencia más, pero sin la cual, no podría regresar a Venezuela. Creo que estoy reuniendo los ingredientes para esta vuelta y comienzo por buscar a mi país, en otro.

 



7 de noviembre de 2016

Manzanas verdes para el viaje


Sí algo he aprendido en estos últimos años, es que existen muchas formas de viajar. Volver a Venezuela me ha sido posible siempre a través de los sabores, allá donde voy están también mis manos y mis arepas. Pero en ocasiones, no es la geografía ni la gastronomía lo que busco, sino a las personas y al hogar. Hasta allí es más difícil llegar, creo, sin el desplazamiento físico que implica tener frente a frente a los seres queridos. Estrechar en abrazos y besos todo el sentimiento de amor por el que estoy unido a ellos para siempre, fortalecer los lazos, poner al día la amistad, renovar las relaciones, alimentarlas con cuentos e historias, hacer míos sus anhelos y poder descargar en ellos también todo lo que me pueda pesar. O no.


He aprendido, como digo, a viajar hasta ellos de una forma mágica por medio de la música. Cuando partes, cuando dejas atrás a los seres queridos, ellos se convierten en melodía, viajan contigo también de forma incógnita a donde sea que uno esté. Forman parte de mí y de mi viaje, a ellos regreso en forma de recuerdos siempre que mi nombre roza sus memorias, pero ellos viven en mí, en cambio, siempre que el ritmo de una canción los invoque en mi presencia.

24 de octubre de 2016

Llover y mojarse

El cielo cocina su mejor lluvia con nubes de vino y vientos de castañas asadas, el olfato se crispa cuando el agua cae y Oporto se deshace en una humedad terrible que no sabe de abrigos. A mi boca viene de repente un delicioso sabor a piña. Pero no es piña de verdad, sino un recuerdo. Paladar y mente juegan. Cualquier recoveco es aliado de la espera, mientras el paraguas se arma de valor, porque vivir aquí es hacer de la lluvia sangre y comulgar con ella en sus sentimientos más hondos, donde van a parar todos aquellos pensamientos que no saben nadar, como este, que se moja antes de salir de casa, porque ya vio al cielo, sabe que va llover y se va a mojar.