Sí algo he aprendido en estos últimos años, es que
existen muchas formas de viajar. Volver a Venezuela me ha sido posible siempre
a través de los sabores, allá donde voy están también mis manos y mis arepas. Pero
en ocasiones, no es la geografía ni la gastronomía lo que busco, sino a las
personas y al hogar. Hasta allí es más difícil llegar, creo, sin el desplazamiento
físico que implica tener frente a frente a los seres queridos. Estrechar en
abrazos y besos todo el sentimiento de amor por el que estoy unido a ellos para
siempre, fortalecer los lazos, poner al día la amistad, renovar las relaciones,
alimentarlas con cuentos e historias, hacer míos sus anhelos y poder descargar en
ellos también todo lo que me pueda pesar. O no.
He aprendido, como digo, a viajar hasta ellos de una forma mágica por medio de la música. Cuando partes, cuando dejas atrás a los seres queridos, ellos se convierten en melodía, viajan contigo también de forma incógnita a donde sea que uno esté. Forman parte de mí y de mi viaje, a ellos regreso en forma de recuerdos siempre que mi nombre roza sus memorias, pero ellos viven en mí, en cambio, siempre que el ritmo de una canción los invoque en mi presencia.
He aprendido, como digo, a viajar hasta ellos de una forma mágica por medio de la música. Cuando partes, cuando dejas atrás a los seres queridos, ellos se convierten en melodía, viajan contigo también de forma incógnita a donde sea que uno esté. Forman parte de mí y de mi viaje, a ellos regreso en forma de recuerdos siempre que mi nombre roza sus memorias, pero ellos viven en mí, en cambio, siempre que el ritmo de una canción los invoque en mi presencia.