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8 de agosto de 2016

Las veces que me fui


Dedicado a todos aquellos de los que me he ido


De todas las veces que me fui, nunca tuve tantas ganas de volver, y nunca tuve tantas ganas de quedarme. Durante el viaje de Porto a Madrid, recordé la primera vez que llegué a Málaga. Ahora llevo la misma maleta de aquel entonces, está intacta, un poco percudida y 9 años más vieja, pero intacta. Al bajar en Méndez Álvaro, un señor mayor confundió mi equipaje con el suyo, por varios minutos ambos lo sujetamos asegurando ser sus dueños. Pero mi maleta es mi maleta.
 

En 2007, en el recorrido de mi casa al aeropuerto, recibí varios SMS de mi prima, que, desde Caracas me pedía que no olvidará en mi equipaje, todo lo que habíamos aprendido juntos durante nuestra infancia. Yo sabía perfectamente de qué me hablaba. Y sí, todo eso viajaba conmigo, en un recorrido larguísimo, primero de Puerto La Cruz a Caracas, después a Madrid y de allí a Málaga. En aquella ocasión, no solo me iba de mi país por primera vez, también de mi hogar. Al llegar, me di cuenta que la luz era distinta. Más tarde comprobaría que, en efecto, la luz del sol cambia en cada lugar, los tonos, el brillo y la forma como la luz cae sobre las cosas, las cubre e ilumina, son completamente diferentes de una latitud a otra. En ese entonces no lo sabía.

 

2 de junio de 2016

Un amor al sol

El amor fue un papelito en el bolsillo que guardé desde el mediodía, y que pasó el atardecer entre el calor del auto y el coco frio en una esquina sin nombre, y que hasta la noche nadie leyó.

Una vez leído, cobró todo el sentido: El de las palabras, el del papel maltratado, el del olor a bolsillo, a monedas viajas, y el de la idea hija del sentimiento. Porque las notas escondidas, miedosas, tímidas… son así, nacen asfixiadas, se atragantan entre el lápiz y el puño, después en el papel que las transporta de un corazón a otro. Y aún allí, siguen siendo prisioneras.

31 de marzo de 2016

Una habitación en Oporto

En este cuarto insólito e improbable dentro de lo real, en estas cuatro paredes, dos ventanas y una puerta, esta habitación desde donde escribo y destilo ideas, donde me consume el pensamiento; aquí, lejos de todo pero cerca de mí mismo, rodeado de madera y paredes húmedas, envejezco los sueños, pongo en remojo la vida, siento todo mi cuerpo y preparo, mudo y sin testigos, un nuevo camino. O mejor dicho, la escribo. Porque el pensamiento, engaña, duda, desconfía e incluso, miente. La palabra escrita perdura y me inspira confianza, igual que esta habitación.
 
Mi habitación tiene una cama cómoda, tierna, dulce y protectora. Me cuida más que nadie. Pero la uso poco porque la vida me roba el sueño y no duermo casi nada. El tiempo se me va viviendo y escribiendo. En la calle, trabajando y pensando. En la casa, soñando, riendo, fotografiando, anhelando, recordando, viajando. Viajo del escritorio a la ventana, de la cajonera a la puerta, del suelo al techo, de la cortina a la cama. Viajo bajo cualquier circunstancia. Dormido, sentado, sin moverme, o despierto y acostado.

21 de diciembre de 2013

Carta a la abuela



Para: Carmen Alonso
De: Gabriel Vargas Zapata

¿Cómo estás abuela? Feliz navidad. Por aquí está haciendo un frío terrible, no sé cómo puedo soportarlo. Espero que estés bien.

No puedo dejar de acordarme de ti en estas fechas, bueno de ti y de tus hallacas. Ya sé que no solía comerlas tan a menudo, porque para eso ya estaban las de mi mamá que nunca se acababan por mucho que abriera la nevera y estaban hechas con el mismo amor. Pero las tuyas, elaboradas sin ningún cuidado, sin ningún propósito más que el de alimentar a los que contigo cenaban. Bueno la masa sabía a puro caldo y el relleno, simple a veces con menos ingredientes, era un regalo al estomago y lo llenaba a uno de amor.