En este cuarto insólito e improbable dentro de
lo real, en estas cuatro paredes, dos ventanas y una puerta, esta habitación
desde donde escribo y destilo ideas, donde me consume el pensamiento; aquí,
lejos de todo pero cerca de mí mismo, rodeado de madera y paredes húmedas,
envejezco los sueños, pongo en remojo la vida, siento todo mi cuerpo y preparo,
mudo y sin testigos, un nuevo camino. O mejor dicho, la escribo. Porque el
pensamiento, engaña, duda, desconfía e incluso, miente. La palabra escrita
perdura y me inspira confianza, igual que esta habitación.
Mi habitación tiene una cama cómoda, tierna,
dulce y protectora. Me cuida más que nadie. Pero la uso poco porque la vida me
roba el sueño y no duermo casi nada. El tiempo se me va viviendo y escribiendo.
En la calle, trabajando y pensando. En la casa, soñando, riendo, fotografiando,
anhelando, recordando, viajando. Viajo del escritorio a la ventana, de la
cajonera a la puerta, del suelo al techo, de la cortina a la cama. Viajo bajo
cualquier circunstancia. Dormido, sentado, sin moverme, o despierto y acostado.