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31 de marzo de 2016

Una habitación en Oporto

En este cuarto insólito e improbable dentro de lo real, en estas cuatro paredes, dos ventanas y una puerta, esta habitación desde donde escribo y destilo ideas, donde me consume el pensamiento; aquí, lejos de todo pero cerca de mí mismo, rodeado de madera y paredes húmedas, envejezco los sueños, pongo en remojo la vida, siento todo mi cuerpo y preparo, mudo y sin testigos, un nuevo camino. O mejor dicho, la escribo. Porque el pensamiento, engaña, duda, desconfía e incluso, miente. La palabra escrita perdura y me inspira confianza, igual que esta habitación.
 
Mi habitación tiene una cama cómoda, tierna, dulce y protectora. Me cuida más que nadie. Pero la uso poco porque la vida me roba el sueño y no duermo casi nada. El tiempo se me va viviendo y escribiendo. En la calle, trabajando y pensando. En la casa, soñando, riendo, fotografiando, anhelando, recordando, viajando. Viajo del escritorio a la ventana, de la cajonera a la puerta, del suelo al techo, de la cortina a la cama. Viajo bajo cualquier circunstancia. Dormido, sentado, sin moverme, o despierto y acostado.

8 de marzo de 2016

Ser quien uno quiera

Viajar es alejarse, es tomar distancia. Es contemplar la vida, esta, la anterior, y casi podría decirse que la futura. En el viaje, te arrinconas y te escondes. Te desplazas no solo por los espacios, pues, cuando uno recorre kilómetros, recorre también las horas pasadas; y el tiempo se transforma en algo que casi puedes tocar; en una maleta, tal vez, que pesa, que arrastras también en tu recorrido. Viajar es retroceder lo vivido, es avanzar, porque cuando se viaja, se va hacia adelante y hacia atrás, simultáneamente, al mismo tiempo que se sostiene con una mano, todo lo que te ata a la vida. Lo poco o lo mucho, cabe, sí, porque viajar es renunciar, es retirarse, es declinar sobre tus propios hombros, los ajustes de los errores y los favores de los aciertos.