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26 de junio de 2017

Cocada


En la cocada está todo el Caribe. En el coco: el mar y el azúcar.
La que calma el calor, la que se lleva las palmeras consigo, la que estalla en la boca en un carnaval, en un delirio de salsa, de trópico y de piedras mojadas.
La cocada se menea al son del hielo. Baila entre la leche y la canela, y se deja llevar por las manos morenas que la sirven hasta las otras manos que la esperan. Se bebe gota a gota, porque en ella está el sabor cremoso de la tierra.
Elixir dulce y feliz. Bebida fría y bendita, que se toma de camino, que se bebe del Puerto a Lechería, que cruza contigo la aventura de ir a una isla y volver por la tarde. Que te embriaga de magia marina y brisa salada.
Que te revuelca, por último, en una experiencia deliciosa. Que te excita. Que te abraza antes de que se ponga el sol y en las noches calurosas. Envenenada a veces con ron, en Oriente o en cualquier lugar de la Costa. Del Caribe que se ahoga a los pies de sus cocos, mientras te resistes a beberlo todo, para que no se acabe nunca, para que no se le olvide al paladar que estás allí, en algún rincón de Venezuela.

2 de octubre de 2012

Sin querer se hizo post (III)



La siguiente playa fue Puinare, también en el Parque Nacional Mochima, desde la isla podían verse pasar los ferrys rumbo a Margarita, y decenas de peñeros cargados de bañistas ansiosos por conocer todas las pequeñas islas de la región. Otro inolvidable día de sol y agua salada.

Puinare, Parque Nacional Mochima. Puerto La Cruz, Venezuela

Al día siguiente sería yo quien iría a bordo de uno de esos ferrys; un viaje de tres horas en barco hasta la Isla de Margarita, también conocida como la perla del Caribe, no en vano porque los puestos de los artesanos están repletos de estás, con ellas fabrican collares, pulseras, pendientes, souvenirs, etc., y están por todos lados.

Al llegar me esperaba un buen grupo de familiares. Los días siguientes fueron un sinparar de cosas. Primero fue Playa Juventud en Pampatar, Punta Ballena, Castillo de San Carlos Borromeo, Rincón de las empanadas y Valle del Espíritu Santo para terminar en el centro de Porlamar, a tiempo para reencontrarme con una vieja amiga y para visitar El mundo del chocolate, un pequeño supermercado en el que solo hay chocolates, dulces y golosinas de todas las clases y de todas partes del mundo. El día en realidad terminó con un baño nocturno en la piscina.

Salinas de Pampatar. Vistas desde Punta Ballena. Isla de Margarita, Venezuela

Al día siguiente, habríamos de tomar un barco hasta la no menos encantadora Isla de Coche; aunque el viaje, de aproximadamente 40 minutos, fue un poco violento porque el mar estaba bastante revuelto, valió la pena pues nos recibieron kilómetros de arena blanca y mar azul, un sol inclemente eso sí, pero un agua tibia y transparente como para no salir en todo el día de su removedores brazos.

Punta blanca, Isla de coche, Venezuela

Por la tarde y ya de regreso en Margarita, vimos la puesta de sol más bonita del mundo, esta ocurre cada tarde en la ciudad de Juangriego, al norte de la isla, el cielo destila una cantidad de colores impresionantes y la gente se amontona en el Fortín de la Galera, solo para cautivarse con el último momento de luz. Y en verdad es cautivador. (Continuará)

Atardecer en la Bahía de Juangriego. Isla de Margarita, Venezuela

PD: El título de este post es un homenaje a esa linda canción de Pablo Herrero y José Luis Armentero.

21 de septiembre de 2012

Sin querer se hizo blog (I)



No ha sido tanto el volver sino después de cuanto. Venezuela siempre tiene los brazos abiertos para todo aquel. Este pequeño largo viaje, este retorno a mis raíces después de cinco años, ha sido como un baño renovador, un encuentro con todas esas cosas que, aunque dudé, siempre han estado allí.
   
Mi llegada sorpresa dejó casi desmallados a toda una cuadra, y a aquellos cómplices infalibles, felices y satisfechos. La cara de impacto de mi madre después de cinco años no se paga con nada. O bueno tal vez si, veamos: todo comenzó al día siguiente por la mañana, cuando mi sobrina de dos años, levantada desde muy madrugada, me convidó a que viéramos juntos toda su colección de películas de Disney. Un pronto paseo por Caracas y descubrir que casi todo sigue igual, que el que cambió fui yo. Caracas para mí sigue siendo la de los cerros, los techos rojos y el lindo cielo. Y es un recuerdo que, otra vez, me llevo para siempre.

En casa recordé lo que eran las partidas de damas chinas y el que mi abuela me desenredara (en vano) el cabello acostado con ella en su cama. El ruido de los vecinos, el pescado frito, las morrocoyas y los olores del jardín.

Después de una contundente ronda de visitas y varios asaltos a unas cuantas empanaderas, vino el primer momento estelar: visita a la entrañable Isla de Plata, un lugar encantador y, muy personalmente, de un valor especial, a solo 20 minutos en barco desde la costa de la ciudad de Guanta, donde también y por cierto nunca faltan las ancestrales iguanas.

Isla de Plata, Parque Nacional Mochima, Guanta, estado Anzoátegui.

Luego vino un inusual viaje a Belén, un pequeño pueblo en las montañas costeras del estado Sucre, en busca de familiares perdidos. Encontré un hermoso trapiche donde se extripa el alma de la caña de azúcar para usos varios, o bien para su consumo directo como un especie de refresco natural. La visita fue toda una experiencia, un contacto con el mundo rural como creo, nunca había vivido. La noche estuvo acompañada de unas inmensas cachapas de maíz tierno y un cielo oscurísimo. Y al día siguiente, el viaje de regreso fue interrumpido por otros pueblos también interesantes de visitar: La Soledad por sus vistas al Mar Caribe y Marigüitar por sus empanadas de queso.

Típico trapiche de caña de azúcar. Belén, estado Subre.

Los días fueron pasando, y entre ellos una fugaz visita a Barcelona, dónde las iglesias y los teatros se han detenido en el tiempo y las estatuas y los pájaros contemplan la apacible vida de sus plazas y de sus ruinas. (Continuará)

Catedral de Barcelona, capital del estado Anzoátegui.
 
PD: El título de este post es un homenaje a esa linda canción de Pablo Herrero y José Luis Armentero.