La
América que no muestra el cine y las series de televisión, estas últimas, en su
pleno siglo de oro, se haya de manera muy legible en Las vidas de Grace (Destin Cretton, 2013). El filme aflora una
compleja gama de problemas sociales, con la familia como principal objeto de
estudio, convirtiéndose en casi un laboratorio de conductas, bajo un estricto
tono indie, pero además, con un ritmo
y un desenvolvimiento visual, que la hacen una pieza exquisita a la par que
contundente.
Las vidas de Grace se
podría traducir también como Las
historias de Destin¸ el joven director de origen hawaiano, invoca a un
grupo de adolescentes desadaptados y los coloca a disposición de una suerte de
heroína postmoderna, de las que sí empiezan a abundar en el cine tradicional; y
al final casi tiene una película coral que, tal y como esta relatada, parece
más una bomba de tiempo en las manos del espectador que una creación
audiovisual. El recorrido de cada personaje es volátil e impredecible. Short
term 12, el centro de acogida en el que los jóvenes problemáticos se mantienen
aislados del mundo, es un hervidero de emociones que agreden al espectador con
cada frase que se desprende de sus inquilinos, con sus conductas y sus
irreverentes manifestaciones de rebeldía. No podía ser de otra forma cuando de
tocar el corazón se trata.
Los
personajes
Grace,
una joven traumada por los abusos de su padre, prefiere pasarse la vida
rescatando a los chicos del Short term 12, que a sí misma, esta situación se
extiende hasta su entorno privado y sentimental, al punto de que pareciera que
lo único realmente vivo dentro sí, es un bebe de pocos meses, y nada más. Brie
Larson, con un realismo que supera cualquier otro vértice del filme, da vida al
magnifico personaje de Creton.
Sorprendente,
casi onírico, Alex Calloway en su papel del niño autista Sammy, sin líneas y con
apenas unos cuantos planos, sin más recursos que su propio cuerpo en un
ejercicio creativo de interpretación, viene a convertirse en todo un icono del
final de la infancia, con un resultado histriónico sobrecogedor. Mientras que
Marcus (Keith Stanfield), a través de las letras de sus canciones, lo mismo que
de sus ojos o de su propia piel, transforma el dolor en un poderoso discurso
que, sin escalas morales, imparte toda una cátedra social y levanta la voz por
los más desfavorecidos de una nación que a veces resulta inalcanzable.
A
Kaitlyn Dever hay que nombrarla también por su madurez y por dibujar a Jayden,
uno de los personajes más complejo y a la vez más importantes de la historia.
Es
evidente que esta alineación de buenos personajes y buenas interpretaciones, no
podrían haberse logrado de no ser por un director con un pensamiento humanístico
bastante amplio, sensibilizado además con el tema y con un conocimiento
cinematográfico casi intuitivo, que a la postre, han devenido en una cinta que
lo guarda todo con un estupendo equilibrio. Montaje, música y fotografía,
confabulan constantemente a su favor.
El
final
Aunque
tentado por el típico happy end americano,
el filme enarbola una bandera de
justicia y otra de cruda de realidad. No resuelve todos los conflictos pero sí
el más importante: la protagonista, atraviesa su arco de transformación con obediencia
y logra superar, no sin dificultades, el conflicto interior. Por otra parte, en
una metafórica escena final, Cretton juega hábilmente con las narrativas, hace
de secundarios, protagonistas y viceversa, y construye para despedirse, una se
las escenas más significativas de Las
vidas de Grace: Sammy huye con la bandera americana a sus espaldas que
flota y se agita con el viento, como un país que en ocasiones, o para algunos,
se convierte en una quimera inalcanzable, huidiza, que se escurre entre las
manos, que te aparta y arrincona, porque es un proceso natural, leitmotiv como país.
Creo
que la película es un homenaje a ese otro país, que en realidad existe y crece
en todo el mundo porque más allá de las formas, la historia es humana y
universal.
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